Aunque se ha hablado mucho del Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), sigue siendo uno de los trastornos más incomprendidos.
Al hablar sobre TDAH, es habitual pensar en alguien inquieto o muy distraído. Sin embargo, esta problemática va mucho más allá de la inatención o la hiperactividad: influye en la forma de organizarse, manejar las emociones, relacionarse con los demás y adaptarse a los cambios.
Con frecuencia, desde la familia se malinterpretan ciertos comportamientos. A veces se piensa que un niño “no obedece” o “es caprichoso”, cuando en realidad puede estar mostrando una baja tolerancia a la frustración, rigidez cognitiva, dificultades en planificar, controlar impulsos o en tomar decisiones (es decir, en sus funciones ejecutivas).
Cuando un niño con TDAH reacciona con intensidad ante algo que no sale como esperaba, no necesariamente está desafiando una norma: su cerebro procesa las emociones de forma diferente.
La corteza prefrontal, encargada de regular la amígdala (centro emocional del cerebro), tiene un desarrollo atípico que puede afectar la regulación emocional y el control de impulsos. Además, cuando hay una emoción intensa, la amígdala se activa y la “procesa también con fuerza”, mientras que la corteza prefrontal (encargada de regularla) tarda un poco más en intervenir.
La corteza prefrontal, que ayuda a controlar y regular las emociones generadas por la amígdala (el centro emocional del cerebro), suele desarrollarse de manera diferente. Esto significa que, cuando surge una emoción intensa, la amígdala responde rápidamente y con fuerza, mientras que la corteza prefrontal tarda un poco más en intervenir.
Como resultado, los niños pueden expresar sus emociones de forma impulsiva y dar la sensación o parecer desproporcionadas en casa, por lo que a veces se confunde que un niño no tiene límites, cuando en realidad no sabe expresar y regular las emociones o pensamientos.
Uno de los mayores desafíos del niño con TDAH es la gestión emocional: la tristeza, el miedo o la ira pueden desbordarse y generar un momento en el que la emoción domina y resulta más difícil pensar con claridad cuando hay un momento de tensión o una discusión en casa.
Sin embargo, también pueden perder el control con emociones “positivas”, cuando están demasiado contentos o excitados, y la emoción tapa todo lo demás.
Además, factores como el cansancio, el hambre, la falta de sueño o el estrés pueden agravar la dificultad para autorregularse, sumándose a que lo manifiestan y muestran como si fuera una “pataleta” o un llanto descontrolado, puesto que no saben cómo expresarlo o explicarlo.
Desde que los niños son pequeños, es fundamental fomentar y ayudarles en: Reconocer, Expresar y Regular las emociones.
Por ejemplo: darse cuenta de si están tristes, enfadados o contentos, y también entender cómo se sienten otras personas; poder decir “estoy enfadado” o “me siento triste” en lugar de gritar o pegar; y poder encontrar maneras de calmarse y manejar lo que les pasa.
Sin las dos primeras, la autorregulación emocional no es posible. Si un niño no sabe identificar lo que siente ni explicarlo, no podrá controlar la emoción. Por eso, antes de pedirles que se “calmen”, es importante ayudarles a poner nombre a lo que les pasa. Esto es importante en todos los niños, pero mucho más en aquellos con TDAH, donde hay un desborde emocional mayor.
Que un niño tenga TDAH no lo define, pero sí influye en su manera de manejarse en el mundo y relacionarse con los demás. Al mismo tiempo, muchos niños con TDAH tienen una creatividad y curiosidad asombrosas, así como una energía contagiosa. Con el apoyo y la comprensión adecuados, estas cualidades pueden convertirse en grandes fortalezas que les ayudan a aprender, explorar y disfrutar de sus relaciones.
Por eso, acompañar desde la comprensión y el conocimiento es esencial. Cuando entendemos que detrás de una conducta difícil puede haber un cerebro que necesita apoyo para organizarse y regularse emocionalmente, mejora la situación en el hogar y en la familia.



